-Maestrooooo....
Gritaba un muchacho el otro día por la calle. Su mirada se dirigía hacia donde estaba yo. Miré a los lados y hacia atrás. No había nadie más. Tenía que ser a mí.
-Maestroooo -repetía-, ¿ya no te acuerdas de mí?
Me acerqué y realicé en décimas de segundo una rápida búsqueda en mi disco duro cerebral entre los cientos de alumnos que me han soportado a lo largo de los años. No lo localicé.
-Soy Óscar. Es que ya estoy estudiando FP -comentó a modo de disculpa por haber crecido y a la vez orgulloso por continuar sus estudios.
Claro, Óscar, ¡cómo iba a olvidarme de él! Fue uno de los alumnos que más trabajo nos dio en el Centro Leo de la Fundación Alonso Quijano. Me alegré mucho de que nuestra tarea -y la de tantos otros educadores- estuviera dando frutos palpables.
2 comentarios.:
Al final todo esfuerzo tiene su recompensa y en este caso esa recompensa es la satisfacción...
La verdad es que da mucha alegría encontrarse con viejos alumnos y que te saluden con cariño.
Incluso aquellos que eran unos trastos, no te guardan rencor ( la mayoría de las veces) y te recuerdan con mucho cariño.
Y es que la infancia y la adolescencia,pasados los años, se recuerda con añoranza.
Nuestra labor se ve, a menudo, recompensada cuando -tras muchos años- vemos a esos antiguos alumnos hechos ya unos seres adultos, maduros y que te guardan en su memoria.
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